lunes, 6 de octubre de 2008

LA INSURRECCION DE LA CARNE

Todo Lleva Carne
Peio H. Riaño
Caballo de Troya, 2008

La carne se pudre. Se enferma de sí misma.

Esa carne encorsetada me persigue en novelas, exposiciones, películas. Pero sobre todo en mi propia alma. Esa carne que hiede es mi propia carne harta de vivir en este cuerpo.

Entonces Peio.

Pero y esto ¿se puede? Veo la carne que has preparado y me digo que se puede. En tu libro está la prueba de que se puede. Esta carne es distinta, huele a carne roja sangrante; está viva. Esta carne, como Lucas, late. Por eso no huele a carne podrida.

Tu carne, Peio, tiene una estructura ósea, un esqueleto que la vertebra. Cobra forma en pedacitos pequeños. Churruscados a la parrilla. Son para hacer boca entre las grandes piezas, pero todos sabemos que son lo mejor del asado.

No hay nada mejor que un buen asado al aire libre, sin el aliento en la nuca que te diga cómo hacer las brasas. Dame un chori, chinchulines, una tira, vacío, ¿entrañita?.

La carne de tu carne, Peio, es sólida pero fléxible, tersa y jugosa.

No cabe todo en tu asado, sólo lo que es pertinente. Tu buen criterio para seleccionar ha debido dejar fuera lo que hubiera sido impertinente aquí. Por eso tu novela no es un cajón de sastre, una colección de pedacitos de papel. Tu novela es un asado de amor, temores y entrañas.

¡Viva el parrillero!

1 comentario:

Peio dijo...

Veo mucha carne en tu asador. A mí me gustaría quitarme un cuarto de kilo, pero cuesta. La renuncia cuesta. Quiero hacerme filetitos finos, finos, para que Lucas los pase por la plancha, no se empache y huya de todo lo que no lleve un corazón espachurrado.