jueves, 12 de junio de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
UNA CARCEL EN LA CABEZA
El mundo es una fiesta y a vos no te invitaron, es una
frase llena de ironía y afecto que le dice un hombre a su amigo eternamente
atormentado en la película de Juan Taratuto No sos vos, soy yo (Argentina,
2004). En esa misma película, alguien sugiere que hay días buenos (pocos), días
malos (por suerte también pocos), y el resto (la mayoría) son días normales. Y
sin embargo me atrevo a asegurar que un porcentaje altísimo de la población
occidental vive (vivimos) en constante frustración porque no hay modo de
encontrar la felicidad duradera.
La imagen de la cárcel en la cabeza es un estigma que asumo
pero no acepto. Creo que somos mayoría los que encontramos en el mal conocido
una zona de confort que nos exime de arriesgarnos a buscar un lugar (mental) más realista y aceptable. Esa
condena voluntaria funciona como una penitencia, una culpa a expiar; la convicción
de que hagamos lo que hagamos nada cambiará.
Vivir alojado en el malestar es un modo de estar en el mundo
que el español parece portar en su ADN. Aunque exista la oportunidad de un cambio,
la grieta por la que asoma una mejoría viable, el español desconfía y prefiere
instalarse, primero en la queja y, definitivamente, en la resignación: se
encierra en su cárcel mental que le deja mirar, pero no actuar, de ahí la perpetua
envidia que sentimos hacia quien sí se permite la posibilidad de ser alguien
distinto en cada nueva etapa de su vida.
Al grito de vivan las cadenas, en 1814 se escenificó un
recibimiento popular a Fernando VII, retornado del destierro para consagrar el
absolutismo y desmantelar la constitución de 1812. Desde entonces, y a pesar de
que se demuestra cíclicamente que una mayoría de españoles quiere librarse de
las cadenas (la última vez en las elecciones europeas), por alguna oscura razón
el conformismo se acaba imponiendo y terminamos por aceptar lo inaceptable.
Juan Carlos I, en su coronación, juró lealtad al franquismo,
una versión ibérica del fascismo cuyo objetivo último consistía en proteger a
sangre y fuego las grandes fortunas patrias. Esa solemnizada transición ha
permitido que los que ostentaban despóticamente el poder sean hoy aún más
poderosos. La población fue, una vez más, apartada de la toma de decisiones
(todo para el pueblo pero sin el pueblo). Lamento tener la sospecha de que el
18 de junio una cantidad abrumadora de españoles verá desde su cárcel mental la
coronación de Felipe VI que añadirá un nudo más al paquete que nos dejaron
atado y bien atado.
Fotografía © Sergio Pérez / Reuters
lunes, 2 de junio de 2014
LA GENTE
La gente es una
entidad nebulosa que engloba todo lo que no es Uno. Es un recurso lingüístico y político sin el cual tendríamos
que enfrentarnos a la frustrante conclusión existencial de que todo lo que pasa
en el mundo nos pasa a nosotros y todos los que nos rodean, en realidad son yo
mismo con otras circunstancias.
Pero tenemos esa herramienta, y la usamos a diario: “la
gente es que es idiota”, “los políticos nos engañan”, “los de las motos van
como locos”… Mientras no individualicemos al otro no encontraremos sus matices
y por tanto podremos incluirlo en esa masa de Otros que hacen cosas que nos sentimos legitimados a criticar porque
si todo es lo mismo y no hay gradación, entonces esa multitud monocroma se
mueve como un solo individuo anónimo al que puedo culpar de todas las cosas que
no funcionan bien.
La gente es esa
parte que no me gusta de mi mismo con la que estoy obligado a convivir y, si es
posible, aprender a amar.
Esa gente es la
responsable de que yo no pueda hacer las cosas como creo que debo hacerlas. Esa
convicción parece dejarnos tranquilos. Sin embargo el solo acto de escuchar y
tratar de ponerse en el lugar de una de esas gentes desmonta automáticamente el fantasma de los Otros y nos obliga a asumir la responsabilidad de nuestros
actos. La única manera de tomar cierto control sobre lo que hacen con nosotros
es asumir que somos uno más entre millones, tratar de conectar con los que nos
rodean y buscar el entendimiento. Mientras no lo hagamos así, nos podrán seguir
poniendo troyanos en nuestros móviles y seguiremos pensando que la gente vive controlada en lugar de asumir
que yo, al no involucrarme en las cosas que me afectan, estoy aceptando que
otros vivan mi vida.
Fotografía: © Alberto Pizzoli / Getty Images
lunes, 26 de mayo de 2014
SANTA MARÍA
(MOHAMED AZAKIR/Reuters)
“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la
dosis”. El médico, alquimista y astrólogo Paracelso lo tuvo bien claro ya en el
siglo XVI, cuando se enfrentaba continuamente a la tradición y los remedios
heredados, buscando siempre nuevos métodos, adelantado a sus contemporáneos. También
aconsejaba a sus pacientes que no dependieran de otros si podían ser dueños de
sí mismos mediante el conocimiento. Me pregunto si la leyenda que asegura que
fue capaz de conseguir la transmutación del plomo en oro no funciona mejor como
metáfora: la conversión de lo letal en fuente de bienestar.
El uso de la marihuana como germen de sabiduría y
espiritualidad se remonta a 3.000 años antes de Cristo, según restos
encontrados en China y Turquestán, se cree incluso que puede haber sido una de
las primeras plantas cultivadas por el hombre. En todas las culturas donde se usa
esta planta con fines terapéuticos o místicos lo que persiguen es agilizar la
mente, agudizar la percepción de los sentidos, inducir los sueños y liberar
verdades escondidas en la mente por medio de la contemplación. Todos estos usos
extrapolados a la sociedad de consumo occidental pierden su sentido,
convirtiendo a la marihuana en una droga más, con todas las consecuencias
nocivas que conlleva el abuso de cualquier sustancia que altera el sistema
nervioso central.
Algunos de los grandes profetas en cuyo nombre se fundaron
las actuales religiones tuvieron reveladoras experiencias místicas con esta
planta. En el Éxodo por ejemplo se cuenta como se untaba a las personas con un
aceite especial a base de cáñamo para que entraran en contacto con los dioses.
La Santa María es una variedad de marihuana que los chamanes amazónicos de
Brasil usan para sus rituales de introspección, lo opuesto a nuestros rituales
consumistas en los que convertimos el oro en plomo y nos alejamos de nosotros
mismos.
lunes, 19 de mayo de 2014
BORRAMOS TU PASADO
Con esta oferta se presenta la empresa Eliminalia, dedicada
a suprimir de la red “cualquier información, artículo o comentario que aparezca
sobre usted o su empresa” que no sea de su agrado. Ya sabíamos que en Facebook
y otras redes sociales uno puede crearse una identidad a medida, pero a raíz de
la sentencia del pasado 13 de mayo del TJUE, que reconoció a un ciudadano el
derecho al borrado de datos lesivos por parte de Google, ahora será más fácil desvanecer
las huellas de hechos reales y comprobados.
Los medios siempre han tenido que lidiar en los tribunales
para defender el derecho a la información frente al derecho al honor, la
intimidad y la propia imagen esgrimido por los demandantes. Es un terreno
resbaladizo, dos garantías que chocan y resoluciones que no siempre han podido ser
justas, pero en todo caso es un pleito entre el emisor de la información y el
afectado por ella. Hoy es el mayor motor de búsqueda en internet el que ha sido
obligado a eliminar los enlaces a informaciones publicadas en el pasado sobre
un particular por ser consideradas lesivas y carentes de relevancia. El cambio
de criterio se basa en que Google ha tenido forzosamente que dar un tratamiento
a esa información para indexarla, y por tanto se convierte en generador de datos.
Es cierto que la información no es borrada, el medio
original continúa ofreciéndola (salvo que otra sentencia lo obligue a
eliminarla), sin embargo ya no es rastreable en la red, y, seamos francos,
¿cuántos de nosotros acudimos a la hemeroteca o contrastamos la información con
otros sistemas de búsqueda? Me temo que casi nadie; el primer resultado que
arroje Google será el que demos por válido y veraz.
Estoy viendo ahora la reveladora serie House of Cards, en la
que un político del congreso norteamericano desgrana el arte de la conspiración
y la manipulación con un fascinante movimiento de hilos digno de Vito Corleone.
Los 220 políticos y 7 entidades financieras nacionales e internacionales que
han reclamado los servicios de Eliminalia me hacen pensar en un futuro
reconstruido, donde será aún más difícil conocer la verdad y algunos delitos
(impunes o juzgados) podrán olvidarse rápidamente, gracias a que los
“borradores de pasado” también ofrecen “crear nuevas informaciones sobre su
empresa de modo que en las primeras páginas de los buscadores solo salgan
noticias positivas”.
lunes, 5 de mayo de 2014
ICONOS
En colaboración con
Hay imágenes que quedan
grabadas en la memoria colectiva como iconos de una época. Son fotografías que
sintetizan cadenas de acontecimientos, líneas de pensamiento o fenómenos
inesperados, impactos visuales que superan la mera función informativa o
descriptiva para trascender a su momento y lugar y servir de referencia
histórica para futuras generaciones. A esta naturaleza pertenecen fotos como la
que Alberto Korda tomó del Che Guevara, dando lugar sin saberlo a la estampa
más reproducida de la historia, o el miliciano republicano muriendo en combate
que Robert Capa fotografió en la Guerra Civil española, o más recientemente, la
fotografía amateur que mostraba al detenido Satar Jabar, siendo torturado por
soldados norteamericanos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.
Las imágenes que se están
produciendo estas últimas semanas en el enclave fronterizo de Melilla
pertenecen en mi opinión a esta categoría de metáforas visuales que aglutinan
en una representación simbólica un momento complejo y cargado de significados
de la historia de la humanidad. Es notable cómo en un período de desbordamiento
gráfico, en el que consumimos muchas más imágenes de las que somos capaces de
procesar, algunas fotografías queden registradas de este modo tan inequívoco y
universal en la conciencia global. A mi modo de ver es una característica de
este medio expresivo que otros medios no comparten: su capacidad de conmover intensamente
y generar procesos de identificación inmediata en todos nosotros. ¿Por qué una
foto entre millones termina convertida en icono? Lo desconozco, y para ser
sincero, prefiero que siga perteneciendo al terreno de lo mágico, como el
destino, el azar y el amor.
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